El Principito

El Principito

Hace unos días, por casualidad, me topé de nuevo con mi primer ejemplar de El Principito. Estaba medio escondido en una estantería de libros antiguos, y a punto estuvo de pasar inadvertido. El tiempo había cambiado ya el color de sus páginas y descubrirlo me hizo recordar buenos momentos de mi infancia. Me lo regalaron cuando era pequeña. Por aquel entonces tenía la costumbre de anotar a lápiz, en la primera página, la fecha en la que empezaba a leer un libro. En la última escribía el día que lo terminaba. Este libro lo leí en cinco días, con sólo ocho años. Recuerdo que entonces no me gustó demasiado. No acabé de entenderlo y sólo me llamó la atención la famosa escena de la boa-sombrero devorando a un elefante. Aunque está considerado como un libro infantil, por sus ilustraciones y la forma en que está escrito, en él se tratan temas muy profundos como la amistad, el amor, la soledad… Años después el libro volvió a caer en mis manos y en esa ocasión si pude valorar lo que realmente es: una obra maestra.

El principito (Le Petit Prince) es la novela corta más conocida del escritor y aviador francés Antoine de Saint-Exupéry (1900-1944). En ella se narra la historia de un aviador perdido en medio del Sahara, que en la tarea de arreglar su avioneta averiada, se encuentra con un pequeño príncipe proveniente de otro planeta.

Se publicó en 1943 y desde entonces se ha convertido en la novela en francés más leída y traducida (más de 250 idiomas, incluido el Braille). Esta obra maestra también ha sido una de las más vendidas de todos los tiempos, llegando a alcanzar los 140 millones de copias.

En 1926, Saint-Exupéry trabajó para el correo postal francés realizando vuelos internacionales. Durante la Segunda Guerra Mundial fue piloto militar. El gobierno francés le condecoró con la medalla de la Legión de Honor ya que, en varias ocasiones, tuvo que negociar con los marroquíes que habían tomado a aviadores caídos como prisioneros.

Durante su carrera sufrió varios accidentes de aviación. En una de aquellas ocasiones, su avión se estrelló en el desierto del Sahara. Antoine y su compañero André Prévot sobrevivieron al accidente, pero estuvieron a punto de fallecer debido a la escasez de agua y a las duras condiciones del desierto, llegando a sufrir alucinaciones. Al cuarto día del accidente, tuvieron la suerte de ser rescatados por un beduino.

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Saint-Exupéry junto a su avión siniestrado en el Sahara (1935)

Desde que se editó el libro, la astronomía ha rendido homenaje en varias ocasiones a “El Principito”. Estos son algunos ejemplos:

  • Un asteroide descubierto en 1975 recibió el nombre de 2578 Saint-Exupéry, en honor al escritor.
  • Otro asteroide descubierto en 1993 fue nombrado 46610 Bésixdouze, en honor al asteroide B-612, donde vivía el Principito.
  • La Fundación B612 se encarga de rastrear asteroides que puedan significar una amenaza para la Tierra, tomando decisiones para la defensa de ésta ante posibles impactos.
  • En 2003, la luna del asteroide 45-Eugenia, recibió el nombre de Petit-Prince, en honor al libro.

Saint-Exupéry desapareció el 31 de julio de 1944 durante una misión de reconocimiento. Aunque realmente nunca se supo el paradero del piloto, varios días después, un cuerpo con un traje de la Fuerza Aérea de Francia fue hallado al sur de Marsella, hasta donde debió ser arrastrado por el mar. Se presumió que era del escritor y se enterró en septiembre. Durante más de 50 años, la muerte de Saint-Exupéry fue uno de los grandes misterios del mundo literario.

En septiembre de 1998, un pescador francés halló un brazalete de plata con los nombre de Saint-Exupéry y su esposa Consuelo, lo que reavivó el interés. Posteriormente, en mayo de 2000, un buzo encontró restos de un P38 Lightning (el avión que usó el escritor el día que desapareció) esparcidos por la costa de Marsella. Hasta el año 2003 estos restos no pudieron ser recuperados y tras un análisis detallado, fueron autenticados como la nave de Saint-Exupéry.

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Antoine de Saint-Exupéry Consuelo
c/o Reynal and Hitchcock Inc.
386 4th Ave. NY City USA

Sólo un par de años antes de desaparecer, Antoine escribió el manuscrito de “El Principito” mientras se encontraba exiliado en Estados Unidos, durante la última mitad del año 1942. Las ilustraciones que aparecen en el libro curiosamente también son obra suya.

Sus obras están muy influenciadas por las experiencias vividas durante su carrera profesional como aviador y Saint-Exupéry probablemente se inspiró en su mujer (Consuelo) para recrear el personaje de La Rosa en “El Principito”.

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 Consuelo ( Montreal , 1942) .

Dedicatoria de “El Principito”:

A Leon Werth:

Pido perdón a los niños por haber dedicado este libro a una persona mayor. Tengo una seria excusa: esta persona mayor es el mejor amigo que tengo en el mundo. Tengo otra excusa: esta persona mayor es capaz de entenderlo todo, hasta los libros para niños. Tengo una tercera excusa: esta persona mayor vive en Francia, donde pasa hambre y frío. Verdaderamente necesita consuelo. Si todas esas excusas no bastasen, bien puedo dedicar este libro al niño que una vez fue esta persona mayor. Todos los mayores han sido primero niños. (Pero pocos lo recuerdan). Corrijo, pues, mi dedicatoria:

A LEON WERTH CUANDO ERA NIÑO

La novela está repleta de frases geniales y llenas de contenido que merecen ser recordadas. Aquí tenéis algunas de ellas:

Un fragmento:

Al quinto día y también en relación con el cordero, me fue revelado este otro secreto de la vida del principito. Me preguntó bruscamente y sin preámbulo, como resultado de un problema largamente meditado en silencio:
—Si un cordero se come los arbustos, se comerá también las flores ¿no?
—Un cordero se come todo lo que encuentra.
—¿Y también las flores que tienen espinas?
—Sí; también las flores que tienen espinas.
—Entonces, ¿para qué le sirven las espinas?
Confieso que no lo sabía. Estaba yo muy ocupado tratando de destornillar un perno demasiado apretado del motor; la avería comenzaba a parecerme cosa grave y la circunstancia de que se estuviera agotando mi provisión de agua, me hacía temer lo peor.
—¿Para qué sirven las espinas?
El principito no permitía nunca que se dejara sin respuesta una pregunta formulada por él. Irritado por la resistencia que me oponía el perno, le respondí lo primero que se me ocurrió:
—Las espinas no sirven para nada; son pura maldad de las flores.
—¡Oh!
Y después de un silencio, me dijo con una especie de rencor:
—¡No te creo! Las flores son débiles. Son ingenuas. Se defienden como pueden. Se creen terribles con sus espinas…
No le respondí nada; en aquel momento me estaba diciendo a mí mismo: “Si este perno me resiste un poco más, lo haré saltar de un martillazo”. El principito me interrumpió de nuevo mis pensamientos:
—¿Tú crees que las flores…?
—¡No, no creo nada! Te he respondido cualquier cosa para que te calles. Tengo que ocuparme de cosas serias.
Me miró estupefacto.
—¡De cosas serias!
Me miraba con mi martillo en la mano, los dedos llenos de grasa e inclinado sobre algo que le parecía muy feo.
—¡Hablas como las personas mayores!
Me avergonzó un poco. Pero él, implacable, añadió:
—¡Lo confundes todo…todo lo mezclas…!
Estaba verdaderamente irritado; sacudía la cabeza, agitando al viento sus cabellos dorados.
—Conozco un planeta donde vive un señor muy colorado, que nunca ha olido una flor, ni ha mirado una estrella y que jamás ha querido a nadie. En toda su vida no ha hecho más que sumas. Y todo el día se lo pasa repitiendo como tú: “¡Yo soy un hombre serio, yo soy un hombre serio!”… Al parecer esto le llena de orgullo. Pero eso no es un hombre, ¡es un hongo!
—¿Un qué?
—Un hongo.
El principito estaba pálido de cólera.
—Hace millones de años que las flores tiene espinas y hace también millones de años que los corderos, a pesar de las espinas, se comen las flores. ¿Es que no es cosa seria averiguar por qué las flores pierden el tiempo fabricando unas espinas que no les sirven para nada? ¿Es que no es importante la guerra de los corderos y las flores? ¿No es esto más serio e importante que las sumas de un señor gordo y colorado? Y si yo sé de una flor única en el mundo y que no existe en ninguna parte más que en mi planeta; si yo sé que un buen día un corderillo puede aniquilarla sin darse cuenta de ello, ¿es que esto no es importante?
El principito enrojeció y después continuó:
—Si alguien ama a una flor de la que sólo existe un ejemplar en millones y millones de estrellas, basta que las mire para ser dichoso. Puede decir satisfecho: “Mi flor está allí, en alguna parte…” ¡Pero si el cordero se la come, para él es como si de pronto todas las estrellas se apagaran! ¡Y esto no es importante!
No pudo decir más y estalló bruscamente en sollozos.
La noche había caído. Yo había soltado las herramientas y ya no importaban nada el martillo, el perno, la sed y la muerte. ¡Había en una estrella, en un planeta, el mío, la Tierra, un principito a quien consolar! Lo tomé en mis brazos y lo mecí diciéndole: “la flor que tú quieres no corre peligro… te dibujaré un bozal para tu cordero y una armadura para la flor…te…”. No sabía qué decirle, cómo consolarle y hacer que tuviera nuevamente confianza en mí; me sentía torpe. ¡Es tan misterioso el país de las lágrimas!

En mi opinión, esta obra forma parte de uno de los mejores libros de la literatura universal y me atrevería a catalogarlo como imprescindible

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