Máscara para experimentar la sinestesia

Puede que formes parte del 3% de la población que tiene sinestesia. Si es así, podrás experimentar algún tipo de interferencia en tus sentidos. Puede que veas las notas musicales, que huelas los colores o incluso que saborees las distintas texturas que toques con las manos, como le ocurre a Serena en “El color del perdón“. La sinestesia más común es la llamada grafema-color, en la que se asocian caracteres escritos, como letras o números, a distintos colores. Aquí podréis leer un artículo donde entenderlo mejor.

El ingeniero aeroespacial Zachary Howar, ha desarrollado un dispositivo para experimentar la sinestesia. Su creación consiste en una máscara equipada con distintos sensores que permite oler los colores. Está formada por tres dispensadores de fragancias, uno para cada color primario de la luz: El color rojo huele a pomelo, el verde a pino y el azul a lavanda. Para obtener el resto de colores, la máscara dispensa cantidades proporcionales de estos tres colores (olores) como si fueran los píxeles RGB en un monitor.

Un sensor en la mano detecta el color que estás tocando y lo envía a un procesador en el brazalete que está conectado a la máscara. El procesador controla la liberación de las esencias y dos ventiladores llevan el olor hasta la nariz del usuario. Tres servomotores se encargan de abrir, en la proporción que indique el chip, los tubos de ensayo que contienen unos aceites perfumados que, combinados, generan las fragancias.

Cuando Howard hizo la primera prueba de la máscara, lo primero que tocó fue una pared gris. Inmediatamente percibió una mezcla desagradable de todos los olores. Poco a poco fue descubriendo sus colores favoritos, entre los que se encuentra el azul.

Intel ha utilizado el proyecto de Howard para promocionar su kit de desarrollo, lo que ha hecho ganar repercusión en los medios a este original artefacto.

¿El color existe?

Un estudio científico ha demostrado que no todas las personas percibimos los colores de la misma manera. Hay muchos factores que influyen en la percepción de los colores, entre ellos el sexo o la genética, pero todo ello se define a nivel neurológico en nuestro cerebro. Gracias a las células que tenemos en la retina (bastones y conos), captamos variaciones de los distintos colores y los combinamos para poder distinguir del orden de 2’3 millones de gradaciones de colores. Estas células están formadas por unos pigmentos que reaccionan ante la longitud de onda de un color determinado.

Colores

Pero el hombre no siempre tuvo esa habilidad para percibir los colores. Hace 30 millones de años, nuestros ancestros tenían una visión dicromática del mundo, sin la parte roja del espectro, tal y como explica Jennifer Ackerman en su libro Un dia en la vida del cuerpo humano:

los monos y simios de África (entre ellos, los primeros ancestros de los humanos) experimentaron la mutación de un gen para una proteína fotorreceptora que cambió su sensibilidad de la luz verde a la roja. Fue un pequeño cambio, pero algunos científicos sospechaban que dio a nuestros antepasados primates arbóreos una clara ventaja en la búsqueda de alimentos, para seleccionar los más maduros y las tiernas hojas rojas contra un fondo de follaje verdoso.

Curiosamente, existen casos en el sexo femenino en los que las células tienen un fotopigmento rojo extra que les permite percibir una gama más sutil de colores:

Si la corteza visual procesa la entrada adicional de esta clase diferente de células sensibles al rojo, estas mujeres pueden ser capaces de distinguir colores que al resto de nosotros nos parecen idénticos, permitiéndoles ver un sutil mundo de color que la mayor parte de la humanidad nunca podrá apreciar. Entonces, se podría argumentar que tras el simple acto cotidiano de percibir los colores (escoger una blusa del armario, ver la luz de un semáforo, admirar un cuadro de Rothko) subyace un aparato visual perfectamente afinado para localizar las hojas y los frutos.

Entonces, ¿podemos afirmar que el color, como tal, no existe? Lo que llega al cerebro a través de la retina no son más que diferentes longitudes de onda. El cerebro las interpreta y les asocia una sensación determinada. Así, el color sería una invención del cerebro del ser humano.

Pero, aunque cada cerebro interprete los colores con ciertas diferencias sutiles y la realidad percibida sea subjetiva, al final todos llamamos rojo a lo mismo. ¿O será otra treta de nuestro cerebro para que eso sea lo que pensemos?…

 

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