Un fragmento, un instante…

No paraba de dar vueltas entre las sábanas. Cada vez que Jane cerraba los ojos, las imágenes de las fotografías que había contemplado en la comisaría de policía aquella misma mañana, se empeñaban en desfilar una tras otra por su mente. Cuando por fin lograba conciliar el sueño, su padre comenzaba a hablarle como cuando era niña, como si volviese a estar a su lado y nada hubiese pasado. No tardaba en despertarse de nuevo. Entonces, intentaba volver a enlazar sus pensamientos con el agradable sueño que se desvanecía y que, a cada segundo que pasaba, lo veía alejarse disminuyendo la probabilidad de poder volver a retomarlo. En su lugar volvían a invadir su mente las imágenes del cadáver y los restos esparcidos entre la fría tierra de su tumba.

Encendió la luz de su mesita de noche y el móvil le devolvió la hora al tocar la pantalla. Las tres y veinticinco de la madrugada. Se quedó un rato contemplando la habitación en la que dormía. Había sido su dormitorio desde que se trasladó a vivir con su abuela a los doce años. Los muebles blancos, los vivos colores perfectamente combinados de la colcha de Patchwork que nieta y abuela habían confeccionado juntas años atrás, los cojines en el banco de la ventana desde la que tantas y tantas veces había contemplado el exterior inmersa en su propio caparazón, los cuadros que adornaban las paredes, la gran alfombra de pelo blanco sobre la que le encantaba tenderse para leer… Todo seguía igual. Se apoderó de ella una inmensa añoranza de aquello que un día existió y ya nunca volvería. Una lágrima afloró sin previo aviso por el rabillo de su ojo, recorriendo su sien hasta difuminarse sobre la almohada.

Se incorporó y comenzó a encontrarse mejor al sentir el agradable tacto de la madera bajo sus pies descalzos. Al salir de su habitación contempló la puerta entornada del dormitorio de Kathleen e instintivamente se puso de puntillas para intentar no despertarla. Se dirigió al final del pasillo, donde se encontraba la escalera plegable que daba acceso al desván de la casa. Presionó el botón de apertura y el motor eléctrico comenzó a desplegar los peldaños hacia el suelo.

—¿Eres tú, Jane? —el sonido del mecanismo había despertado a su abuela que se asomaba con los ojos entornados desde la puerta de su cuarto.

—Sí abuela, soy yo. Perdona, no quería despertarte. Es que no podía dormir y se me ha ocurrido echar una ojeada a las cosas que trasladamos de la casa de mis padres. Duérmete otra vez, te prometo que no haré ningún ruido.

—Adelante, estás en tu casa —la animó Kate con un gesto de la mano mientras se daba media vuelta para volver a su dormitorio—. Yo me vuelvo a la cama.

No había vuelto a aquel lugar desde que se mudó a vivir con la abuela. En ese momento fue consciente de que, allí apilados, estaban los primeros años de su vida y lo poco que quedaba de sus padres. Los recuerdos le pesaban más de lo que esperaba, haciéndola ascender lentamente, peldaño a peldaño. Una vez arriba, los distintos enseres que en algún momento fueron importantes y posteriormente olvidados y despojados del valor que sólo un humano es capaz de otorgar y arrancar de un plumazo, la contemplaron sorprendidos por la inesperada visita. Al fondo, en un rincón, descansaban un montón de cajas apiladas cubiertas de una capa de polvo que no había sido alterada durante muchos años. Aún recordaba aquella lluviosa y oscura tarde de otoño en las que, junto a su abuela, fue subiendo una por una y colocándolas en el mismo lugar que ahora ocupaban.

Eligió una, al azar. No pesaba mucho y, al moverla, se adivinaban objetos desplazándose en su interior. La abrió y descubrió una vieja Kodak Instamatic analógica, bien guardada en su caja de cartón amarilla. Sonrió al recordar aquella tarde de primavera en la que su padre la fotografiaba con distintas poses entre las flores; con el pelo al viento al igual que su vestido azul recién estrenado. La abrió con cuidado para confirmar que no contenía ningún carrete en su interior.

Varias cintas de casete eran sus compañeras de cautiverio. Descubrió su letra en alguna de ellas. Le gustaba grabar sus propias recopilaciones con el radiocasete de doble pletina que la abuela aún conservaba en un estante del salón. “Música genial VOL. I”,Música genial VOL. II”, y así hasta 6 volúmenes que había escuchado hasta la saciedad con el Walkman que heredó de su hermano cuando él recibió su primer Discman por su cumpleaños. “Tracy Chapman”, “Sheryl Crow”, “Mariah Carey”, “Alanis Morissette”….eran otros títulos que había conseguido grabar de las cintas originales que alguien le prestaba en el colegio. Las apartó a un lado para escucharlas de nuevo cuando tuviese ocasión y se decidió por la siguiente caja.

Esta vez pesaba bastante más. Al abrirla, descubrió el álbum con la colección de pegatinas que durante años recopiló y pegó con esmero en sus hojas de plástico. Revisó página a página recordando la historia de cada una de ellas y cómo las intercambiaba con Sherry y sus compañeros de clase. Vio una caja de galletas con piedras y conchas que había recogido su padre en uno de sus viajes de soltero a alguna de las playas de la costa oeste. También había dos cinturones de cuero enrollados uno sobre otro y una caja con varios relojes que debieron pertenecer a Moses.

La tercera caja que abrió estaba repleta de libros. Recordó que muchas de ellas tendrían el mismo contenido, ya que varias estanterías de su antigua casa estaban abarrotadas de novelas y otros ejemplares, que con su corta edad a ella nunca le interesaron demasiado. Tomó uno de ellos con un gran insecto en la portada. “La metamorfosis” de Franz Kafka. Hizo pasar sus hojas con el dedo pulgar y aspiró el olor característico del papel viejo almacenado durante años. El siguiente libro le llamó la atención. Era una obra de Pablo Neruda, “Veinte poemas de amor y una canción desesperada”. Abrió una página cualquiera y leyó:

Puedo escribir los versos más tristes esta noche. Yo la quise, y a veces ella también me quiso.
En las noches como ésta la tuve entre mis brazos. 
La besé tantas veces bajo el cielo infinito.
Ella me quiso, a veces yo también la quería. 
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos

Observó las primeras páginas, pero no tenían ninguna dedicatoria ni nombre alguno que delatara a su propietario. Al dejarlo a un lado se le resbaló, cayendo abierto de par en par sobre el suelo de madera. Una hoja doblada asomó entre las páginas con timidez, pillada infraganti en su afán por mimetizarse con el resto del papel. Jane la extrajo y la desdobló sorprendida. Era una nota manuscrita:

Eres el lucero que alumbra mis noches. Me pierdo en tus grandes ojos verdes cuando me miras y añoro cada centímetro de tu piel cuando no estás. No sé cuánto tiempo podré soportar tenerte lejos. Te amo con locura…


Extracto de uno de los capítulos en los que Jane regresa a la casa en la que compartió su juventud con su abuela Kate. Las circunstancias la han obligado a volver a Ketchum para participar en la investigación del asesinato de su padre y enfrentarse de nuevo a un pasado que, a cada paso que da, le recuerda que su cicatriz se cerró en falso años atrás y en cualquier momento puede volver a sangrar.

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