Microrrelato: Nada cambiará

Inmediatamente pedí que cerraran la tapa del ataúd. Debía contener el arroyo de alegría que fluía inquieto por mis entrañas y contemplar su cadáver no me ayudaba a mantener las apariencias. Cerré los ojos y pronto me golpearon las imágenes que durante años perturbaron mis sueños. Él, abriendo la puerta de mi habitación a media noche y acercándose sigiloso con sonrisa lasciva mientras yo temblaba de pavor bajo las sábanas. Pensaba que ahora todo cambiaría, pero mi alma hecha jirones me susurró que estaba equivocada. Una gota de aquel arroyo se desvió rodando por mi mejilla.
—Pobrecilla —me consolaron— es muy duro perder a un padre.

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